Salir de la selva oscura (II)

Como todo viaje difícil no es posible realizarlo solos. Dante se da cuenta que debe emprender su camino, pero no puede solo, descubre una figura que lo acompañará. Por momentos le indicará el camino, otras veces lo salvará de situaciones peligrosas, y otras tantas incluso le dará el aliento necesario para seguir. Esta figura es Virgilio: “Mi maestro eres tú, mi autor precioso […]/ defiéndeme, gran sabio, de su ultraje, que los pulso temblar me hace y las venas”. Dante reconoce a Virgilio como su maestro y le pide que le de luz, que le permita seguir con vida porque así como se encuentra va a morir por las fieras a las que tanto teme, en esa selva oscura. Virgilio atiende a su llamado: “Otro conviene a ti distinto viaje, / -me respondió después que vio mi llanto-/ si este quieres vencer lugar salvaje.” Virgilio le asegura a Dante que podrá vencer esta selva oscura únicamente partiendo al viaje que tiene que enfrentar. Y juntos comienzan el camino para llegar al que “con su reino sin fin nada compite; /más esa es su ciudad, trono, y asiento/ felices, ¡ay!, los que allí dentro admite.”, es decir, hasta llegar al cielo. Pienso, mientras preparo un mate que sea compañía, qué será esa selva oscura en donde las cosas no tienen una forma real, y si es necesario que yo también emprenda este camino.

Nuevamente Dante responde. Estamos llamados a salir de la selva oscura para partir hacia el reino y ciudad de Dios. Pero otra vez, Dante advierte, para salir y transitarlo, necesitamos de un guía, un maestro que nos permita recorrer este camino, nos indique nuestros pasos futuros, nos acompañe caminando a la par, y nos sostenga constantemente empujándonos a seguir. Muchas otras figuras aluden a este guía que se personifica en Virgilio en la Divina Comedia. El arcángel Rafael guía a Tobías para que lleve a cabo la misión encomendada, y desde allí tantos otros modelos que se asimilan a la figura del arcángel. Tetis la madre de Aquiles que intercede por él, ante su ira inquebrantable. Méntor, amigo de Odiseo, a quien el rey de Ítaca le encomienda a su hijo Telémaco ante el tiempo que le lleve regresar a su patria. Merlín, el mago que acompaña a Arturo en sus andanzas como caballero y rey, y tantos otros que tutelaron el camino de sus protagonistas. Sin dudas, aquel que se sabe guía, se reconoce como instrumento no indispensable sino posible y bendecido por su tarea: conducir a su encomendado a cumplir el final de su viaje, llegar a su fin último.

Esperemos de nuestra educación, de nuestro viaje, que luego de haber dormido rendidos por lo difícil de las pruebas superadas, por haber salido trabajosamente de la selva oscura, podamos despertar en un gran día luminoso, donde el sol nos clarifique el rostro, cálido y lleno de paz. Y que ahí, de pie esté nuestro maestro. Esperemos entonces que ese maestro, con y como Virgilio, pueda pronunciar sus palabras: “«Con ingenio hasta aquí pude guiarte/ hora por tu albedrio te conduce/ ya aspereza y fragor no han de cansarte; […] Ya no oirás que te aviso o que te exploro:/ sano es tu juicio, libre tu persona,/ y harás mal en no usar tu tesoro,/ pues te doy sobre ti mitra y corona».”. El mate se enfrió un poco. Termino de escribir y pienso, nuevamente, que quiera Dios que nuestro maestro (el de cada uno) diga lo que dijo Virgilio, pero también quiera Dios que nosotros, como Dante, preservemos el sano juicio, la libertad de persona, y el uso pleno de nuestro tesoro interior, sin dejar de buscar la única corona que nos transforma.

J.C